A la mañana siguiente me levante completamente engripado y Sandra se encargo de procurarme un tratamiento basado en un jarabe bastante feo y disciplina, todo muy alemán. Ni fumar me dejaba.
Pase una semana así, recuperándome lentamente, paseando un poco por Potsdam y preparando la siguiente parte de un viaje que no tenía ni final ni destino fijo. Fuimos con Sandra a un cineclub en el que pasaban películas en idioma original y en el camino de regreso, resbalando por las veredas heladas, le pregunte si alguna vez había ido a Prague. Resulto que si y ahí nomás me empezó a explicar la mejor manera de llegar y al día siguiente fuimos a la estación de tren y me ayudo a sacar un pasaje baratísimo pero que me haría cambiar de tres 4 veces.
Me empecé a despedir de Potsdam y armar la mochila de nuevo, a la noche fuimos a un club alternativo donde quizás bebí un poco mas de la cuenta y me canse de explicar por que no me gusta bailar.
El viaje a Prague estuvo bien, pero viví estresadísimo el no poder dormir con una resaca galopante por miedo a pasarme de la estación donde tenía que hacer las conexiones. Solo un error me hubieran dejado dios sabe donde. Por suerte no paso y a través de señas y preguntas en un alemán malísimo llegue a destino.
Lo que mas recuerdo es que hacia frío y estaba muy nublado. Las casas de cambio estaban cerradas y no tenía ni una moneda para el tram, así que me conforme con seguir las vías para una dirección que parecía la correcta y caminar por los suburbios pensando un poco en Gregorio Samsa. Las calles se empezaron a hacer más y mas estrechas y antes de que me pudiera dar cuenta estaba en la plaza principal, mire para arriba y las torres de la catedral me dejaron sin palabras.
Para entonces ya se había hecho de noche y hacia cada vez mas frío, supuse que encontrar un hostal seria lo más correcto. Me puse a revolver los bolsillos de la mochila y encontré un flyier que había agarrado en un hostel en Budapest que recomendaba un lugar céntrico y barato. Y ahí fui.
Suena raro, pero resulta que el hostel estaba en el tercer piso de un edificio viejísimo y un poco sucio. Las habitaciones eran grandes, con más de veinte camas cada una y todos mezclados. Cuando me estoy acomodando una chica con una camiseta de Racing y cantando una canción Sumo un poco se rió de mi sorpresa. Claro, los últimos coletazos del 1 a 1 llevaban montones de argentinos a Europa.
De repente estaba en un bar, lleno de argentinos hablando español por primera vez (casi) en 3 meses. Fue un poco mucho y me senté en otra mesa con unos ingleses y canadienses. El espíritu gregario al final gano y termine pasando unos cuantos días en la comunidad argentina.
Cuatro días después casi todo el mundo se había ido y quedamos nomás con El Chino, un cordobés muy divertido, planeando irnos pero las simpáticas Checas de Eurolines nos cancelaban los pasajes todos los días. Mucho no nos importaba la verdad, nos colábamos todas las noches en el hostel, desayunábamos gratis y nos armábamos el almuerzo con lo que sobraba… oh, good times. Finalmente conseguimos los pasajes para ir a Berlín, yo de vuelta a la casa de Sandra y el a la casa de Tina, una alemana que había conocido hacia un tiempo.
La ultima noche en Prague entonces y alejados un poco del espíritu festivo nos pusimos a acomodar las mochilas y resulto que el Chino, en sus viajes por Amsterdam, había dejado guardado sin darse cuenta una buena porción de Magic Mushroom que le había sobrado. ¡Anda a saber hacia cuanto que estaba ahí! Abrimos la bolsita y el olor a Roquefort era fuertísimo, pero así y todo, más que nada por aburrimiento, lo cortamos en dos y lo comimos.
Como suele pasar, nada se siente así que nos fimos al bar que estaba en el hostel y nos sentamos un ratito, un poco aburridos porque el barman no había ido y no se servían bebidas.
Después de un rato me di vuelta y le pregunte a un grupo de brasileros que estaban jugando a las cartas si se podían dejar de prender y apagar las luces porque me estaba molestando un poco. Me miraron raro y se rieron. Cuando me di vuelta y lo vi al Chino completamente ido en el sillón, me di cuenta que en realidad si eran Magic los Mushrooms. La sensación de on/off de la luz seguía y también sentía que las dimensiones del bar cambiaban, se estiraban y achicaban como si fueran elásticas. En este punto mientras nos cagabamos de risa cayo una pareja de chicas Suecas que se divirtieron un rato largo con nuestros flashes.
- ¿Vamos a una fiesta, quieren venir? – Pregunto una
Y en un abrir y cerrar de ojos estábamos con el Chino, corriendo un tranvía por la nieve en un estado terrible. El Chino, dios sabe de donde, había sacado un tetrabrik de tinto que mitad tomaba y mitad caía en el piso y daba una muy viva impresión de sangre sobre la nieve. De repente estábamos pasando por un parque y en el medio de los árboles y la nieve, caminando detrás de las chicas tuve la certeza que eran duendes. Pero no lo imagine eh, estaba segurísimo que así era.
Nos subimos y bajamos de tranvías un rato largo y terminamos en un bar de locales lleno de Checos vestidos de cowboy (o eso nos parecía). Tomamos muchas cervezas, todavía del orto por los hongos y nos reímos mucho con las suecas y sus maneras corteses de sacarse a los Cowboys de encima explicando que no les interesaban los hombres, cosa que los checos o no parecían entender muy bien, o los alentaba mas a participar.
En un momento las chicas se levantaron y nos dijeron que se iban, nos dieron unas muy vagas indicaciones de cómo volver al hostel y se fueron. También salimos y empezamos a caminar para donde suponíamos que teníamos que ir. El Chino saco un walkman y empezó a grabar las conversaciones filosóficas del post-mushroom. Una vez me dijo que las escucho y eran sublimes.
El día siguiente salimos para Berlín pero un par de horas antes, absolutamente de casualidad, la conocí a Laura.

